miércoles, 27 de agosto de 2008
Preludio
No sé si lo encontraré y en caso de que lo haga cómo sabré que se terminó la búsqueda. Un sitio en el mundo. El mío. Saber con certeza qué he venido a hacer aquí, que es lo mío, para qué sirvo, por qué yo. A lo mejor la búsqueda no cesa, a lo mejor la búsqueda es simplemente la meta. A lo mejor no hay dirección, ni objetivos a alcanzar, ni respuestas, ni certeza. Sólo una procesión de instantes fugaces que saborear.
Quisiera una vida sin expectativas, una vida sin presión. Quisiera una vida en la que el futuro no existe, qué paradójico eso, para que el presente fuera menos cruel y supiera menos amargo. Te encontré a ti, y el cobijo de esos ojos tristes albergan este cuerpo mío, hecho dudas. Tú eres mi hogar. Mi certeza. Mi vida. Tú serenas mi angustia y me das calma y me apaciguas. Tú me abrazas y me haces el amor. Tú me cuidas, me confortas y me escuchas, me hablas, me cuentas.
Y ahora que tú te vas, el futuro que no existe, ni me importa, sólo aterra. Porque mi sitio en el mundo se va de mi lado. Porque tus ojos tristes no reflejarán los míos. Porque me quedo sola. Sola sin ti.
(Picture originally uploaded by Zseike)
miércoles, 20 de agosto de 2008
Juicios rápidos
Tienes que dejar de esperar.
A esa frase siguió un silencio incómodo que duró tres años. No volvió a verla después de ese día. Después de que ella, en veinticinco segundos, destripara lo más terrible de su existencia, después de que, haciéndole la autopsia en vida, decretara sin el menor indicio de empatía, o de prudencia, o simplemente de respeto, lo que ella consideraba que era y siempre había sido, su gran problema. El gran error de su vida.
Tienes que dejar de esperar.
Se había atrevido a decirle.
¿Quién te has creído que eres? ¿Quién eres tú, qué sabes...? Le hubiera encantado responder. Pero de sus labios no salió sonido alguno, el de la puerta al cerrarse fue lo último que oyeron. Eso, y un inmenso vacío, denso, pesado, opaco, al resquebrajarse.
Todavía hoy pensaba en ello, daba forma en su cabeza a la respuesta perfecta, volvía sobre sus pasos y se envalentonaba imaginándosela decir. Pero no es fácil saber qué contestar. Qué le dices a alguien que se cree con el derecho de juzgarte. No, no era fácil, ni siquiera hoy, tanto tiempo después.
Habían sido inseparables, día tras día, casi media vida de la de entonces. Tan juntas que ni siquiera lo vieron venir. Sin perspectiva alguna para prevenirlo o tratar de arreglarlo. Y se instaló, allí, entre ellas, una brecha enorme, un abismo de algo que aún hoy no sabría explicar. Y las devoró lentamente a las dos y a lo que tenían juntas, hasta hacerlas simplemente unas extrañas con la seguridad que te da la costumbre compartida de un pasado en común.
Pero eso no le daba derecho a nada. No me conoces, pensaba, no puedes aparecer de repente y hacer, sin titubeos, un diagnóstico así de mi vida. Tan soberbio, tan cruel y tan insultantemente cierto. Las verdades duelen, le habría dicho ella, asomando a sus finos labios una sonrisa de satisfacción.
Por eso cuando la vió en aquella tienda, ese día, no supo que decir, de nuevo. Hasta que con un destello de orgullo en sus ojos, musitó,
Sabes qué? sigo esperando...
A esa frase siguió un silencio incómodo que duró tres años. No volvió a verla después de ese día. Después de que ella, en veinticinco segundos, destripara lo más terrible de su existencia, después de que, haciéndole la autopsia en vida, decretara sin el menor indicio de empatía, o de prudencia, o simplemente de respeto, lo que ella consideraba que era y siempre había sido, su gran problema. El gran error de su vida.
Tienes que dejar de esperar.
Se había atrevido a decirle.
¿Quién te has creído que eres? ¿Quién eres tú, qué sabes...? Le hubiera encantado responder. Pero de sus labios no salió sonido alguno, el de la puerta al cerrarse fue lo último que oyeron. Eso, y un inmenso vacío, denso, pesado, opaco, al resquebrajarse.
Todavía hoy pensaba en ello, daba forma en su cabeza a la respuesta perfecta, volvía sobre sus pasos y se envalentonaba imaginándosela decir. Pero no es fácil saber qué contestar. Qué le dices a alguien que se cree con el derecho de juzgarte. No, no era fácil, ni siquiera hoy, tanto tiempo después.
Habían sido inseparables, día tras día, casi media vida de la de entonces. Tan juntas que ni siquiera lo vieron venir. Sin perspectiva alguna para prevenirlo o tratar de arreglarlo. Y se instaló, allí, entre ellas, una brecha enorme, un abismo de algo que aún hoy no sabría explicar. Y las devoró lentamente a las dos y a lo que tenían juntas, hasta hacerlas simplemente unas extrañas con la seguridad que te da la costumbre compartida de un pasado en común.
Pero eso no le daba derecho a nada. No me conoces, pensaba, no puedes aparecer de repente y hacer, sin titubeos, un diagnóstico así de mi vida. Tan soberbio, tan cruel y tan insultantemente cierto. Las verdades duelen, le habría dicho ella, asomando a sus finos labios una sonrisa de satisfacción.
Por eso cuando la vió en aquella tienda, ese día, no supo que decir, de nuevo. Hasta que con un destello de orgullo en sus ojos, musitó,
Sabes qué? sigo esperando...
domingo, 10 de agosto de 2008
Veinticuatro
Amanezco a esos recuerdos vívidos como a un cuento, que nunca sucedió. Atrapo esa sonrisa al vuelo y la traigo a un presente estático de penumbra. La mezo y mientras la miro, me digo, qué lejos estás cariño..
Y cuánto, cuánto, te quiero...
Picture originally uploaded by me*
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