Lo que les unía, aquella tarde de domingo, era mucho más de lo que les separaba, mucho más, incluso, de lo que podían imaginar, ambos sentados uno frente al otro. Mediaban entre ellos cincuenta centrímetros de un tablero desgastado que soportaba dos copas medio vacías, aguadas, en aquel lugar de música tenue y aroma a café. Cincuenta centímetros de historias mal narradas separaban los ojos esquivos de él, de los de ella, siempre fijos, en los suyos.
Aquella tarde de domingo, por primera vez desde que se conocían, no tenían nada que decirse. Qué gran mentira. Y resultaba frustrante, que después de todo, sólo quedara eso. Un silencio pobre y tenso, que anidaba en los cincuenta centímetros, infranqueables, que separaban los carnosos labios de él, de los de ella. Las palabras que antaño fluían, enmudecían ahora, quedando suspendidas en sus gargantas, ahogando todo vestigio de comunicación verbal.
Y allí permanecieron mudos, inmemoriados, hipócritas, durante casi una hora. Yo invito, dijo él. Después de eso, nada. Dos suaves besos en la mejilla, y un despedirse lento, como cansado, hasta la próxima vez que volvieran a verse, quién sabe cuándo, para decirse sin palabras, que a pesar de todo, se seguían queriendo.
(picture originally uploaded by *Karine)


2 comentarios:
Has ilustrado algo que pasa en uno u otro nivel... Sean cuáles sean los cincuenta centímetros, hay obstáculos que asimilamos como parte de la situación... No se puede hacer todo a un lado...
!!!!!!... Escribes demasiado bien!!! Me haré frecuente de estos lados... gracias...
Gracias a ti por tus palabras
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