de cada palabra sabe a despedida. Adiós es lo que parece que te digo cada vez que escribo, cada vez que te susurro tu nombre al oído.
Adiós. Adiós, adiós.
sábado 15 de agosto de 2009
miércoles 5 de agosto de 2009
Infinitesimal
Así soy. Así me siento hoy. Como el espacio vacío que anida entre un paréntesis.
Llueve con fuerza fuera, en la calle.
Me derrumbo.
Me siento derrotada, aunque tampoco tiene mucho sentido, porque no tengo ganas de luchar. Estoy vacía. Me siento sola. Sin identidad. Sin futuro. Sin presente. Sin nada.
Llueve con fuerza fuera, en la calle.
Me derrumbo.
Me siento derrotada, aunque tampoco tiene mucho sentido, porque no tengo ganas de luchar. Estoy vacía. Me siento sola. Sin identidad. Sin futuro. Sin presente. Sin nada.
domingo 2 de agosto de 2009
Entre paréntesis

A los gemidos siguieron lágrimas vivas. Llanto desconsolado en movimiento. La sal azotada por las caderas rítmicas y el corazón acelerado y encogido al mismo tiempo.
Soledad y tristeza bajos los escombros de sus propios cuerpos.
Quererte y quererte querer... y en el abismo infranqueable que supone estar en medio, habita ella... lívida, suspendida en los suspiros de las horas muertas. Vacía o llena de nada, que viene a ser lo mismo.
Qué soy para ti, le pregunta bajito, susúrrame el deseo al oído.
Sólo poesía, muslos,
Y luz.
Soledad y tristeza bajos los escombros de sus propios cuerpos.
Quererte y quererte querer... y en el abismo infranqueable que supone estar en medio, habita ella... lívida, suspendida en los suspiros de las horas muertas. Vacía o llena de nada, que viene a ser lo mismo.
Qué soy para ti, le pregunta bajito, susúrrame el deseo al oído.
Sólo poesía, muslos,
Y luz.
viernes 6 de marzo de 2009
Con los ojos cerrados
Autorretrato
Uploaded by Enamorada del Hombre Océano on 28 Oct 08, 8.53PM CET.
Sentir que el tiempo corre, y que no asusta. Que se llena de planes y esperanza. Me reconcilio. Me enfrento a la parálisis física de antaño. Encaro lo que viene. Cabeza alta, y manos que agarran manos. Soy la Mujer Ola. Enamorada de mi Hombre Océano, de la vida y de la suerte de una. Soy yo, como siempre lo he sido. Más grande. Más fuerte. Mejor.
En la casa dedal se libra una batalla, en la que sólo hay buenos. Donde sólo se gana y en la que no hay premio. Sólo seguir batallando con la mejor sonrisa. Por alcanzar aquéllo que sé que quiero. Qué importante saber dónde está la meta. La de ahora, la de este momento. Hacer planes a corto y mirar al horizonte satisfecha de los pequeños pasos. En la casa dedal se libra una batalla mágica. Que siempre acaba bien.miércoles 27 de agosto de 2008
Preludio
No sé si lo encontraré y en caso de que lo haga cómo sabré que se terminó la búsqueda. Un sitio en el mundo. El mío. Saber con certeza qué he venido a hacer aquí, que es lo mío, para qué sirvo, por qué yo. A lo mejor la búsqueda no cesa, a lo mejor la búsqueda es simplemente la meta. A lo mejor no hay dirección, ni objetivos a alcanzar, ni respuestas, ni certeza. Sólo una procesión de instantes fugaces que saborear.
Quisiera una vida sin expectativas, una vida sin presión. Quisiera una vida en la que el futuro no existe, qué paradójico eso, para que el presente fuera menos cruel y supiera menos amargo. Te encontré a ti, y el cobijo de esos ojos tristes albergan este cuerpo mío, hecho dudas. Tú eres mi hogar. Mi certeza. Mi vida. Tú serenas mi angustia y me das calma y me apaciguas. Tú me abrazas y me haces el amor. Tú me cuidas, me confortas y me escuchas, me hablas, me cuentas.
Y ahora que tú te vas, el futuro que no existe, ni me importa, sólo aterra. Porque mi sitio en el mundo se va de mi lado. Porque tus ojos tristes no reflejarán los míos. Porque me quedo sola. Sola sin ti.
(Picture originally uploaded by Zseike)
miércoles 20 de agosto de 2008
Juicios rápidos
Tienes que dejar de esperar.
A esa frase siguió un silencio incómodo que duró tres años. No volvió a verla después de ese día. Después de que ella, en veinticinco segundos, destripara lo más terrible de su existencia, después de que, haciéndole la autopsia en vida, decretara sin el menor indicio de empatía, o de prudencia, o simplemente de respeto, lo que ella consideraba que era y siempre había sido, su gran problema. El gran error de su vida.
Tienes que dejar de esperar.
Se había atrevido a decirle.
¿Quién te has creído que eres? ¿Quién eres tú, qué sabes...? Le hubiera encantado responder. Pero de sus labios no salió sonido alguno, el de la puerta al cerrarse fue lo último que oyeron. Eso, y un inmenso vacío, denso, pesado, opaco, al resquebrajarse.
Todavía hoy pensaba en ello, daba forma en su cabeza a la respuesta perfecta, volvía sobre sus pasos y se envalentonaba imaginándosela decir. Pero no es fácil saber qué contestar. Qué le dices a alguien que se cree con el derecho de juzgarte. No, no era fácil, ni siquiera hoy, tanto tiempo después.
Habían sido inseparables, día tras día, casi media vida de la de entonces. Tan juntas que ni siquiera lo vieron venir. Sin perspectiva alguna para prevenirlo o tratar de arreglarlo. Y se instaló, allí, entre ellas, una brecha enorme, un abismo de algo que aún hoy no sabría explicar. Y las devoró lentamente a las dos y a lo que tenían juntas, hasta hacerlas simplemente unas extrañas con la seguridad que te da la costumbre compartida de un pasado en común.
Pero eso no le daba derecho a nada. No me conoces, pensaba, no puedes aparecer de repente y hacer, sin titubeos, un diagnóstico así de mi vida. Tan soberbio, tan cruel y tan insultantemente cierto. Las verdades duelen, le habría dicho ella, asomando a sus finos labios una sonrisa de satisfacción.
Por eso cuando la vió en aquella tienda, ese día, no supo que decir, de nuevo. Hasta que con un destello de orgullo en sus ojos, musitó,
Sabes qué? sigo esperando...
A esa frase siguió un silencio incómodo que duró tres años. No volvió a verla después de ese día. Después de que ella, en veinticinco segundos, destripara lo más terrible de su existencia, después de que, haciéndole la autopsia en vida, decretara sin el menor indicio de empatía, o de prudencia, o simplemente de respeto, lo que ella consideraba que era y siempre había sido, su gran problema. El gran error de su vida.
Tienes que dejar de esperar.
Se había atrevido a decirle.
¿Quién te has creído que eres? ¿Quién eres tú, qué sabes...? Le hubiera encantado responder. Pero de sus labios no salió sonido alguno, el de la puerta al cerrarse fue lo último que oyeron. Eso, y un inmenso vacío, denso, pesado, opaco, al resquebrajarse.
Todavía hoy pensaba en ello, daba forma en su cabeza a la respuesta perfecta, volvía sobre sus pasos y se envalentonaba imaginándosela decir. Pero no es fácil saber qué contestar. Qué le dices a alguien que se cree con el derecho de juzgarte. No, no era fácil, ni siquiera hoy, tanto tiempo después.
Habían sido inseparables, día tras día, casi media vida de la de entonces. Tan juntas que ni siquiera lo vieron venir. Sin perspectiva alguna para prevenirlo o tratar de arreglarlo. Y se instaló, allí, entre ellas, una brecha enorme, un abismo de algo que aún hoy no sabría explicar. Y las devoró lentamente a las dos y a lo que tenían juntas, hasta hacerlas simplemente unas extrañas con la seguridad que te da la costumbre compartida de un pasado en común.
Pero eso no le daba derecho a nada. No me conoces, pensaba, no puedes aparecer de repente y hacer, sin titubeos, un diagnóstico así de mi vida. Tan soberbio, tan cruel y tan insultantemente cierto. Las verdades duelen, le habría dicho ella, asomando a sus finos labios una sonrisa de satisfacción.
Por eso cuando la vió en aquella tienda, ese día, no supo que decir, de nuevo. Hasta que con un destello de orgullo en sus ojos, musitó,
Sabes qué? sigo esperando...
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