Me recojo enseguida. Todos los trozos de miseria que dejo esparcidos después de quedarme sin aliento. Es cíclico, y parece que interminable y siempre predecible. No me dejo caer más de la cuenta, pero cada vez caigo un poco más abajo un poco más a menudo.
Rompí lazos, una relación de ocho años, un proyecto de vida que aún hoy sigo sintiendo como el único posible. Y no me rehago, pese a ser lo que creía que era lo mejor para mí. Para encontrarme, para quererme, para cuidarme. Para vivir para mí, no pude hacerlo con él a mi lado. Y todavía le quiero tantísimo.
Quizá debiera hablar con alguien, dejar de clamar socorro para dentro y conseguir pedir ayuda hacia fuera. Pero me siento incapaz de hablar, de hilar palabras. De hacerlo con tacto, de hacerlo con rigor.. Porque es tanto lo que llevo pensado que es largo el tiempo que necesito para contarlo, y pacientes los oídos que deban escucharlo.
No me dejo caer. No más de la cuenta. Pero no he tocado fondo todavía.
Ni la rutina me salva de la muerte de la consciencia.
No le encuentro el sentido a nada. Ni siquiera a mí. Ni a que llueva o mañana sea lunes, o a que hoy tenga toda una tarde y una noche por delante, hasta que llegue mañana, y pasado y el otro...
Necesito estar sola. Pero sólo me hundo sola. Necesito estar con alguien. Necesito tiempo quizá. Y paciencia. Y fortaleza.
Y esperanza.